Responsabilizar a la persona que consulta

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Dentro de los procedimientos terapéuticos, quizás el que diferencia a constelaciones familiares de las otras modalidades es el relativo a responsabilizar a la persona que consulta. Por eso no incluye, de modo general, sesiones posteriores ni previas. El impulso de esta forma de proceder radica en mirar al consultante como una persona de por sí completa, con la fuerza interior suficiente para alcanzar su edad ya cumplida, aun si no consigue materializar sus proyectos o si padece algún tipo de infortunio o enfermedad, es decir dueña de posibilidades y de experiencia.

Sólo sucede que a veces las personas disfrutan de una grandeza ininteligible para los demás, y en ocasiones hasta para la propia persona, en la dificultad o la adversidad o la enfermedad. Puede ser que acompañen a otro que ni siquiera conocen o que le sacrifiquen su salud, el éxito o el amor. Además, por si eso fuera poco, una persona cuenta con el respaldo, consienta en el hecho o no, de su familia de origen, de su familia ancestral, cuyos deseos (como el de todos los padres) es que le vaya bien a los pequeños de su casa.

En este sentido, no parece haber progenitores que deliberadamente quieran dañar a, o no deseen lo mejor para, su descendencia. Digamos que los padres portan en su propio ser, de modo inconsciente, el propósito esencial de la vida, que consiste en preservar lo vivo, en prolongar su estadía sobre la tierra, en generar opciones para la vivencia del amor, para la edificación o el mejoramiento del mundo, a través de hechos y actos cotidianos, mundanos a más no poder, de esos que todos sabemos hacer, de esos que podemos concebir y realizar.

En consecuencia, el factor clave en esta técnica terapéutica radica en acompañar a la persona que consulta a descubrir qué hay como trasfondo de lo que quisiera resolver, cuáles son las aguas profundas de sus padecimientos, a quién se une amorosamente cuando las cosas no van bien. Ese es el primer paso, y con él se descorre un tanto el velo de la inocencia, de la ceguera amorosa, por obra del cual la persona se consagra al sacrifico o pierde su fuerza o se resiste a quedarse con algo del mundo o a convertirse en opción para otros.

El segundo paso lleva a la persona a preguntarse por lo que hará a continuación. Pues el hecho de mirar la causa no implica de modo inobjetable tomar el camino de la solución. Hay quienes prefieren el padecimiento, lo adverso, lo complicado (y quién sabe si lo será así para ellos) a tomar en sus manos el asunto, a hacerse cargo de la circunstancia, a actuar con conocimiento de causa y en plena responsabilidad. Ser llevado en este sentido suele ser más fácil que ir en pos de lo que se quiere. Por lo tanto hace falta constatar, llegados a este punto, hacia qué rumbo se orienta la voluntad de la persona y de nueva cuenta acompañarla en su movimiento, pues ella es quien se ocupa, en primera y en última instancia, de componer a cada instante su vida.

¿Qué puede entonces hacer un facilitador en este caso? Ayudar a que la persona recupere lo valioso de su vivir, su sabiduría, eso que sabe pero que no sabe que sabe. Por este rumbo las cosas se agilizan entonces, de modo general, pues se procede a probar experiencias, dado que la persona mira su asunto y se ve en la necesidad de dar una respuesta. Tal vez quiera permanecer un poco más de tiempo allí donde está, antes de dar cualquier paso; quizá quiera comenzar de inmediato a andar el largo camino de su vivir con un pequeño pasito; o a lo mejor siente la necesidad de mirar a alguien muy importante en su cosmovisión y hacia allá se dirige.

Del modo que sea, ese responsabilizar a la persona sólo puede verse en la acción, en cuyo caso es posible comenzar con lo más sencillo, con algo rutinario o habitual, que ayuda mucho a recuperar el contacto con lo posible. Si se mira tomando una ducha, como paso previo para ir a tener una plática seria con un amor, ya se ha puesto en marcha esa persona. Lo mismo hace quien se mira a la mañana siguiente, al levantarse, dispuesto para salir a caminar y regalarse los minutos que dura una caminada a campo traviesa. O el hombre que se mira sosteniendo con ternura la mirada a una mujer como diciéndole “a lo mejor tenemos algo que darnos mutuamente”.

Responsabilizar a la persona es algo que a pesar de sonar muy grande en realidad se resuelve poco a poco, a cada instante, a través de actos cotidianos, que conocemos, o que tenemos que improvisar o que tenemos que aprender de otros. Como sea, el resultado es el mismo: es la persona que consulta quien lo realiza y va en su propio beneficio. Por eso no tenemos sesiones previas ni posteriores, porque la persona vive su propia fuerza y su sabiduría.