Una Colorada(vale más que cien Descoloridas)

Miedo a la muerte

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Aunque con significados distintos, la muerte no puede separarse de sus parámetros sociales. Este hecho inevitable, y cierto, tiene lugar en contextos diversos vinculados con determinados roles y definiciones de las personas en sociedad. A sabiendas de que el humano parece ser la única especie capaz de matar a sus congéneres; ocasionar la muerte “a otro” en general se considera indebido y por lo mismo es castigado. El homicidio sin embargo a lo largo de la historia ha sido “permitido” o “atenuado” por motivos bélicos, religiosos y hasta piadosos[1]. Según la época y el momento cultural o antropológico, el significado de la muerte con el consabido duelo por la misma, ha sufrido importantes variables. Sobre todo en Occidente han existido conceptos comunes acerca de la “buena” o la “mala” muerte. En la antigüedad clásica —y hoy retomada en las legislaciones sobre eutanasia— se consideraba bien morir el suicidio como medio razonable de acabar con la enfermedad o el dolor, y en cambio era malo morir consumido por el sufrimiento o de forma anónima y sin sepultura. Algo así parece ocurrir con los miles de desaparecidos y muertos en la república mexicana, cuyos deudos difícilmente encuentran consuelo y término a su duelo.

Como resultado de la gran influencia de la religiosidad sobre todo católica, en la edad medida era buena la muerte lenta, anunciada y asistida, no así la repentina, imprevista o clandestina[2]. Esta percepción va cambiando desde el siglo XVIII hasta el actual, evolucionando desde ser buena la de quien hace testamento y recibe recursos de salvación —extrema unción, rezos, rosarios etc. — pasando por la preferencia a ignorar el propio deceso —no sufrió, se quedó dormido, etc. — y considerar en cambio mala y muy mala muerte la de quien la sufre lenta y conscientemente y puede por tanto sentir temor y contagiarlo a sus cercanos.

El temor es pues una de las emociones asociadas a la muerte. Se teme la ausencia de aquel a quien se ama, el peligro de ser sorprendido por un delincuente que nos mate, la tragedia de ser víctima de tantas enfermedades emergentes irónicamente vinculadas con la modernidad y la longevidad y, sobre todo se teme al hecho de dejar de ser, de no existir más. Aun los más escépticos en términos religiosos, deben reconocer científicamente que esta circunstancias reconocida, explicita o tácitamente, por todos —tanatólogos, creyentes, no creyentes, filósofos, científicos, cultos e incultos, psiquiatras etc.— es parte del Ser Humano. Curiosamente una de las fuentes más constantes, antiguas y fehacientes de la historia humana son los entierros. El ritual mortuorio está presente en todas las culturas y varía dependiendo de la manera de morir, la actividad del difunto durante su vida y los hechos cotidianos del grupo al cual se pertenece y que se convirtieron en continuidad y ritmo social. La muerte de un individuo afecta necesariamente a todos. No solo familia, compañeros de trabajo o vecinos, son impactados, por las muertes de un niño o mujer secuestrados y luego privados de la vida, toda la ciudad, la nación el mundo se conmueve con tal tipo de fallecidos, porque evidencia que en términos comunitarios está ocurriendo algo. Esto no excluye, la muerte por ejecución de alguien presentado como muy malo —dignatarios derrotados, delincuentes seriales— o de jóvenes combatientes, voluntarios —médicos, enfermeros, ecologistas, misioneros etc. — atrapados en un conflicto que no era suyo.

La sepultura de los cadáveres consecuentemente está ligada a la cultura y los tiempos. Las formas más comunes de disponer de los restos de quien ha fallecido han sido el enterramiento, la exposición a factores naturales, y la incineración. Por los siglos de los siglos, el enterramiento fue quizá la forma más socorrida usada por los deudos para la disposición de su muerto. Pueblos como la mayoría de los ubicados en mesoamérica, sepultaban en fosas bajo el suelo o colocaban restos en urnas mortuorias. Los egipcios hacían del sitio de entierro todo un monumento de adoración y confort para el viaje a la otra vida del personaje; los griegos también creían en cierta vida después de la muerte por lo cual sus fallecidos eran objeto de atenciones en ritos con cantos, gritos y lloros como una forma de convencer al alma del difunto para evitar que se quedara entre los vivos. En Esta cultura, al igual que en la romana y luego en el cristianismo, el entierro se asocia con un deber sagrado y negar sepultura es condenar al alma a errar sin descanso. Esto está detrás de los reclamos por el respeto a los derechos humanos de miles y miles de sepultados: anónimamente, en fosas clandestinas, “pozoleados, rafagueados, levantados o torturados”. En la cultura griega, antecedente directo de nuestra actual «occidental y cristiana», se creía en una cierta vida después de la muerte; por ello los muertos eran objeto de atenciones procurando así aminorar el terror de un regreso vengativo. ¡Imagine si esto ocurriera con el espíritu de inmigrantes, víctimas de daños colaterales o de luchas entre criminales, en México o Colombia, donde definitivamente la muerte violenta ha sido una seria amenaza a la cohesión y supervivencia del grupo!

Son pocas las culturas que se sabe dejaban a sus muertos expuestos en palizadas, para servir de alimento a aves carroñeras y en general animales carnívoros; en cambio la hoy tan socorrida incineración del cadáver, es tan antigua como la de los pueblos asentados desde el antiguo Neolítico en lo que ahora es Vietnam del Norte. Todavía hoy los thais guardan las cenizas de sus difuntos en cofres agrupados en el bosque. Con todo y la euforia que ha traído a occidente costumbres budistas y sin que sea claro el origen de la cremación en esta parte del mundo, en las tradiciones indo-asiáticas, la cremación no solo es el último sacrificio del difunto[3] sino la forma más expedita de acabar con la envoltura material del espíritu y regresar cada parte de sí al universo. Pero al igual que otros, el religioso hindú se aferra la creencia de volver no al Mictlán, ni al inframundo, ni al paraíso cristiano sino al mundo de sus ancestros, escapando a la turbulencia de los múltiples renacimientos, como resultado de su devoción santificante.

En el mundo moderno, donde la espiritualidad se asocia a la incultura y la necesidad humana de recuperación tras la pérdida es atendida por psiquiatras y tanatólogos, más que por curas y pastores, los rituales mortuorios se han simplificado, por cuestiones económicas y hasta por el yugo de modelos mediáticos —el ser humano de éxito no sufre, no se acongoja, no se mira derrotado etc. — que a final de cuentas tienen en el miedo a la muerte una magnífica fuente de negocios a partir del rating y la oferta de todo aquello que pueda atemperar el temor. Llegar a la necesidad de realizar rituales funerarios ficticios para los desaparecidos, como una forma de resolver duelos no procesados es, a juicio de muchos, lo peor que le ha ocurrido al ser humano.

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[1] Las incineraciones masivas llamadas holocausto contra un pueblo que considera la incineración como algo abominable, los sacrificios humanos en grupos primitivos para agradar a los dioses, la quema de brujas etc.

[2] Siguiendo esta línea de pensamiento desde el siglo XIV hasta el XVIII, es buena la muerte del justo, es decir aquel que sin aparente preocupación por ella durante su vida en general se encuentra preparado y sin importar que sufra una agonía dolorosa, confía en el ángel guardián del libro de sus obras, sospechando a veces del que muere sin preparase, pues quien presentará su libro será el diablo.

[3] “La última ofrenda” Etimológicamente antyaisti. El fuego de la hoguera consume al individuo en cuanto forma transitoria del ser, ya que su atman se seguirá reencarnando de existencia en existencia.