Mexicanos divididos

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Mahmud Ahmadineyad (Foto: Especial)

“El clero, abrió sus arcas para encender la guerra civil, en los momentos que el enemigo extranjero echaba anclas…” “El error… fue no admitir, por un escrúpulo legal capturar al ex presidente y sumirlo en una fortaleza.”[1] Por supuesto no son afirmaciones de anticlericales opuestos a las recientes reformas del artículo 24 constitucional de México, ni tampoco alguna opinión en contra del señor Zedillo por el caso Acteal; esta percepción crítica, respecto a un clero que generalmente ha actuado en contra de los intereses de México, se dio en el preámbulo de una intervención norteamericana, resuelta con la pérdida de la mitad de nuestro territorio, como recién lo recordó el presidente Iraní Mahmud Ahmadineyad entrevistado por un joven empleado de Televisa. El arrepentido por no haber actuado en congruencia con los intereses nacionales, lo fue don Valentín Gómez Farías, quien tardíamente se percató de la política imperialista, frente a la cual sucumbió Antonio de Santa Ana, quien al igual que muchos otros después de su influencia, se han supeditado a las directrices del vecino país del norte.

La relación desigual entre México y Estados Unidos parece ser un mal karma que nos persigue, desde la época de los espejitos —con el fuerte ingrediente del fanatismo del entonces líder azteca— pasando por el TLC hasta llegar al presente de “la aldea global” dominada por el consenso de Washington.

Los asesores —de buena y de mala fe, fuera de contexto— han sido también un factor importante para restarnos soberanía, independencia, libertad y, lo que es más importante, seguridad —jurídica, personal y de toda índole— para un pueblo que es trabajador, creativo, inteligente y privilegiadamente bien preparado. A don José María Luis Mora, los ingleses le hacían esperar y no lo recibían. Sus vaticinios no fueron considerados con seriedad por los mismos mexicanos ¿Por qué habrían de respetarle los extraños? Varios diplomáticos de aquella época, al igual que hoy, estaban convencidos de la urgencia de contar con “un poder bien dotado sereno y firme”[2] “que solo podía lograrse en el extranjero”. Desde el mismo movimiento de independencia —recordado tardíamente con una estela que a todas luces muestra la corrupción imperante en este sexenio— los asesores desinteresados por una nación grande que merece ser tratada con dignidad, han sostenido que México debe suscribir tratados, hacer sacrificios, modernizarse y todo lo que ello implique para fortalecerse.

Como si nuestra ancestral vocación por la paz fuera un caballo de Troya, muchos ambiciosos de fuera, apoyados por traidores de adentro, trabajan con el miedo como herramienta para fragmentarnos y ponernos unos contra otros. Descalificar, enfrentar y sustituir, fue el método a principio del siglo XIX, permitiendo la hegemonía de los colonos dirigidos por Sam Houston, en contra nuestra; de una forma tan elemental como lo que hoy hacen los paladines de la democracia, con todo y sus observadores internacionales, para controlar los procesos electorales, a partir de la propaganda que sataniza a “los enemigos de México, los partidos costosos e ineficaces, los políticos inmundos y los anticuados empeñados en seguir defendiendo el pasado”. Con el recurso de una propaganda manipuladora, que haría ver a los comunicólogos nazis como blancas palomas, a fuerza de golpes certeros se han derrumbado conquistas que permitieron a México y algunos otros países, contar con beneficios sociales propiciatorios de una mayor equidad social, que si bien no era perfecta sí es preferible al terrible abismo hoy existente entre los pocos que todo tienen y los muchos carentes de lo indispensable. Se trata de suplir a los expertos de la política por incautos improvisados quienes a final de cuentas solo prostituyen la esencia misma de la democracia. Las candidaturas ciudadanas lanzadas por esos mismos partidos[3] que se convierten en cómplices de los enemigos de México, han prostituido un reclamo justificado, convirtiéndolo en la cereza de un pastel de engaños cuyo único propósito es dividirnos mediante la confrontación estéril para que, en la ruptura de la paz —sin que importe cuál sea la causa de la guerra— ganen los pescadores a río revuelto.

¿Es carísimo nuestro sistema electoral? Muchos pensamos que sí, pero debemos eficientarlo en vez de tirarlo a la basura ¿Resolveremos nuestras frustraciones, suicidándonos como Manuel Mier y Terán, o emigrando a Francia como Porfirio Díaz? Algunos están optando por esto; pero quien realmente ame la patria se quedará aquí, procurado influir en las nuevas generaciones; revalorando la experiencia, que no es vejez sino sabiduría, aprendiendo a combinar ésta con el impulso de los jóvenes; rescatando los valores, que no solo un presidente iraní debiera ensalzar sino nosotros mismos, como orgullosos ciudadanos de lo que queda de una patria rica en historia, en problemas que nos han hecho fuertes, y en logros institucionales que no debemos permitir se sigan mancillando.

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[1] Gastón García Cantú, Las invasiones Norteamericanas en México (p. 69), citando la obra inédita México durante su guerra con los Estados Unidos y refiriéndose al ambiente político en 1834

[2] Ibídem

[3] Hoy mismo compiten por este calificativo de ciudadanía, los candidatos a la jefatura del gobierno del D.F., tanto la mujer panista como el precandidato perredista, mejor apuntalado.