Entre caminantes te veas

LA SEMBRADORA DE ROSAS

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La loca de las rosas, nunca pudo dejar de serlo pues comprendió que hay quien nace para vivir un amor eterno y único y quienes como ella, vienen al mundo a cultivar amores fallidos, que sin embargo, mantienen con vida la pasión de un corazón.

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Era la casa que más llamaba la atención de todas en aquel callejón. Y no sucedía esto porque fuera la más arreglada o la que tuviera mejores ornamentos sino porque sus balcones lucían rosas perfectas y hermosas que se erigían triunfantes de entre las macetas de barro que los poblaban.

Amaranta regaba y cuidaba con devoción cada una de ellas prodigándoles todo tipo de cuidados y amor. Hubo quien incluso la llegó a llamar “La loca de las rosas” pues para ella cada rosa era la consecuencia de un amor fallido.

Amaranta creció escuchando cuentos de hadas y soñando con el amor en todas las tonalidades posibles. Su madre, sus hermanos, sus amigos, intentaban convencerla de que el amor no era tan idílico como ella lo pensaba, que era algo práctico, de conveniencia, algo que simplemente había que afrontar alguna vez en la vida, más no podía ni debía convertirse en el motivo de una existencia. Ella los escuchaba pacientemente y seguía creyendo en sus sueños.

Fue así como, siendo aún una niña,  conoció a Isidro con sus manos eternamente pegasosas por los caramelos y sus bromas nada románticas pero que a ella le parecían de ensueño. El noviazgo duró 5 días, 3 horas y 2 minutos y derivó en la primer rosa que reinó en aquel balcón, fue entonces cuando decidió sembrar una de ellas por cada amor fallido que poblara su existencia. Así que a la rosa de Isidro siguió la de Gabriel, el eterno infiel que la engañó hasta con su prima y por el que lloró sin parar durante días. Después la del profesor de matemáticas de tercero de secundaria al que por supuesto jamás le confesó su amor pero por el que estudió sin parar para impresionarlo deseando que él terminara perdidamente enamorado de ella, la rosa de él era blanca como deben ser los amores platónicos. Después hizo su aparición Humberto con el que tuvo un noviazgo de un año y 2 meses, ella juraba que con él se casaría y que nunca iban a separarse pero cuando  se mudó a otra ciudad los sueños de un amor eterno se desvanecieron dando lugar a otra rosa que creció con todo y sus espinas.

Y así, casi de manera imperceptible, las rosas llenaron el balcón mientras que Amaranta envejecía sin un amor definitivo. Cada vez que una rosa nueva llegaba, ella juraba que sería la última, que no volvería a amar nunca más a nadie…hasta que unos ojos, una mano que se extendía hacia ella, una voz suave que le daba los buenos días la hacían volar al mundo de los sueños y las ilusiones.

Mas, todo parecía indicar que Amaranta no nació para ser amada, pues siempre terminaba destrozada y sin comprender qué era lo que había hecho mal. Mientras más avanzaba el tiempo, más fuertes eran las decepciones. La última le costó dos años de llanto y soledad hasta que comprendió que él no merecía tanto de ella.

Un día, se levantó de la cama, se miró en el espejo y frente a su imagen reflejada juró que las rosas terminarían, que su afán de ser amada también. Juró que le daría la espalda al amor y se dedicaría a ella misma, intentaría ser feliz, viajaría, le daría prioridad a otros sueños y otros deseos. Y así lo hizo. Cambió por completo su ritmo de vida y se dedicó a simplemente ser por ella misma. Después fue más allá: cerró el balcón para dejar ahí sus rosas con espinas y entre ellas a la loca de las rosas que hasta entonces fue y luego de hacer sus maletas salió de casa dispuesta a no regresar. Viajaría y conocería esos sitios en los que siempre deseó estar y que la rutina nunca le permitió visitar. Dejó de pensar en cada uno de esos amores eternos que duraron un día, o un mes o un año y que luego fueron sustituidos por otro “amor de su vida” que al final resultaba no serlo. Olvidó las hadas, la magia, los besos y se sintió feliz de otra manera porque juraba que estaba en pleno reencuentro consigo misma y en crecimiento espiritual.

Hasta que una noche, caminando por las calles de un pueblo costero sus ojos se encontraron con los de un hombre que estaba parado en una esquina, él le sonrió, ella se dijo internamente que no, que no debía hacer caso. Pero una estrella fugaz cruzó por el cielo en ese momento y Amaranta se perdió en la profundidad de aquellos ojos negros olvidando todos sus esfuerzos.

La loca de las rosas, nunca pudo dejar de serlo pues comprendió que hay quien nace para vivir un amor eterno y único y quienes como ella, vienen al mundo a cultivar amores fallidos, que sin embargo, mantienen con vida la pasión de un corazón. Porque a final de cuentas  ¿qué sería de los balcones sin esas rosas rodeadas de espinas?… ¿qué sería de los caminantes si deciden dejar de andar para no sufrir?