Guanajuato: insana distancia

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(historias y reflexiones en torno al COVID-19)

Sólo dos semanas. Únicamente durante ese lapso, los habitantes de esta ciudad ahora sin turistas fueron plenamente conscientes del riesgo que representa el nuevo coronavirus. A partir de que el gobierno federal decretó el inicio de la contingencia —20 de marzo—, la ola de temor ante la microscópica amenaza vació calles y plazas, metió a los cuevanenses en sus mini casas y, desafortunadamente, provocó despidos a diestra y siniestra.

Ni mesas ni sillas (Foto: Benjamín Segoviano)

Sin embargo, ya para los primeros días de abril, la necesidad, por un lado, el aburrimiento por otro y, muy probablemente, los constantes conflictos derivados de la continua interacción familiar, mandaron al carajo casi toda precaución, al grado de que hoy, con excepción de la zona más céntrica, la actividad cotidiana se desarrolla casi sin cambios, aunque eso sí, con mucha gente enmascarada.

El centro histórico presenta ahora dos imágenes. Si uno camina de Embajadoras hacia el Jardín de la Unión, la plaza de la Paz, Alonso o Pósitos, siente como si retrocediera 40 años, cuando cada viernes después del mediodía (¿o era a las 14:00 horas?) los comercios cerraban y Guanajuato caía en un letargo melancólico de fin de semana (explicación para millenials: entonces, los turistas llegaban en cifras moderadas y sólo por temporadas).

Es extraño ver las escalinatas del Teatro Juárez sin gente. El jardín principal vuelve a ser totalmente peatonal: no hay bares, ni visitantes, ni estudiantes, ni músicos y se oye el trinar de los pájaros, igual que en el jardín bipolar al que no decidimos si llamarle de la Reforma o Morelos y en San Fernando. La plaza de La Paz luce majestuosa sin las estorbosas sillas y mesas que afean el paisaje urbano.

Frente a Del Sol nada cambia (Fotografía: Benjamín Segoviano)

El encanto termina en la plazuela de Los Ángeles. A partir de allí, reaparece el bullicio, se acrecienta a medida que nos acercamos al Mercado Hidalgo y se intensifica del 5 de Mayo hacia la calle Alhóndiga y, sobre todo, rumbo a Tepetapa, donde para colmo el gobierno municipal decidió instalar una “central de transferencia” para el transporte urbano que amontona mucha más gente de lo recomendable.

Cierto: el pomposo centro comercial Alaïa, en el sur, luce desolado, y no se puede entrar sin cubrebocas a la Mega, Soriana, Aurrerá ni a los Oxxos, pero el control es relativo e ineficaz en la mayor parte de los casos. Encima, persiste la polémica sobre si de verdad es útil el uso de esos adminículos. Las autoridades han encintado bancas y sitios de reunión públicos, pero siempre hay forma de acomodarse en alguna barda o banqueta.

Puestos de tacos, tiendas de todo tipo, peluquerías y hasta cantinas continúan abiertas. Primero comer que ser cristiano, dice un refrán muy conocido; “la panza es primero”, parodió el añorado Rius, y los ciudadanos lo hacen evidente. Simplemente muchos, si no logran vender algo, no comen, pues no todos tienen la suerte de trabajar en la burocracia con sueldo seguro y sin salir de casa.

Dos caras de una misma moneda. Un centro histórico que muestra su esplendor a costa del ingreso de cientos —o miles— de cocineros, meseros, guías, músicos, cantineros, artesanos, comerciantes, artistas. Una cuarentena imposible de aplicar al 100% porque a algunos les valdrá madre y otros serán incrédulos, pero muchos más deben ganarse el pan, literalmente, de cada día. Las patrullas no se cansan de exhortar a los peatones a resguardarse en casa, pero éstos hacen caso omiso, como si el Covid-19 fuera cosa de otro mundo.

Vender es necesario (Fotografía: Benjamín Segoviano)

Y encima, una autoridad que parece no entender nada. Me tocó atestiguar cómo los policías de una patrulla, seguro bien intencionados, exigían a un joven retirarse de la barda del estacionamiento del Mercado Hidalgo, donde estaba sentado completamente solo, por ser “área restringida”, mientras en las mismas narices de los agentes la gente formaba corrillos, platicaba alegremente y circulaba sin guardar ninguna sana distancia.

Nuestro admirado zar antivirus, López Gatell, señala que la famosa curva de contagio va, pese a todo, aplanándose. Y según el epidemiólogo sueco Johan Giesecke, en respuesta al alto número de casos en su país, es necesario que el mal se propague para que surja la famosa “inmunidad de rebaño”. ¿Será que de veras el pueblo es sabio y sabe que el virus se la pela? ¿Qué caerán algunos, pero porque ya les tocaba? ¿Habrá ya tantos portadores asintomáticos que la efectividad de transmisión ha caído? ¿O nos saldrá cara tamaña osadía?

Al menos en Cuévano, todo está por verse.

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