Deambulando en la búsqueda

Deambulando en la búsqueda

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Observa el mundo, es más fantástico que cualquier sueño.

Ray Bradbury (1920-2012) Escritor estadounidense

Viajo a la velocidad de la luz, no siento ningún movimiento circundante en este haz luminoso que me lleva al destino y en este estado indolente me mantengo con los codos recargados sobre la mesa de control de las aplicaciones del sistema. Aun así, por razones personales que no tengo porque explicar en este momento, trato de articular una oración en la mente para encomendarme a Dios en esta trayectoria inercial. Para pasar el tiempo abro un archivo de recuerdos y se despliega el menú de temas y dimensiones, abro el de Vida en la Tierra sólo por curiosidad, ¡hace ya tanto tiempo! Tiempo es un decir, pues el tiempo sólo es hoy en ese continuo del ahora sí-ahora no, que le da razón a lo que llamamos el presente, en la secuencia de acontecimientos que forman parte del juego de las dimensiones suspendidas al azar. Curiosamente, pienso al margen, que al hablar del tiempo también acostumbramos referimos a las condiciones climáticas del espacio circundante, pero eso por supuesto, es otro tema.

No sé nada acerca del futuro y por su parte, el pasado sólo significa una serie de recuerdos de mayor o menor intensidad que permanecen en el cerebro y van perdiendo gradualmente los detalles completos de aquellas sensaciones percibidas en un momento determinado, un pasado al que no puedo regresar más allá de esas evocaciones agradables o desagradables, pero que se recrean mediante la captura de datos, en la memoria multidimensional virtual.

Sin embargo, aparte de cualquier circunstancia, en mi interior rebulle la congoja de no haber sido profeta en mi tierra, ella fue desleal, me engañó, se fue con otro, pero sólo después de haber tolerado mi reprochable conducta. Tuve momentos de titubeo, pero después, en un atrevimiento soberbio quise conducir el carruaje del sol, a pesar de las serias advertencias de que si fallaba se rompería para siempre nuestra alianza, y quedaría confinado eternamente en la compañía de mi propia soledad. No llegué a tiempo con el despuntar del alba y fallé con el asomo del sol y el mundo quedó entonces en tinieblas. Así pues, hoy me muevo en la quietud y en el confinamiento, a la máxima velocidad a la que se puede trasladar la materia, pero no así el espíritu que depende de la velocidad de la imaginación y de la fantasía.

En la pantalla sensorial aparece mi vida en la Tierra, donde nací, crecí, me desarrollé. Donde percibía todo el conjunto de sensaciones ambientales en un instante fijo, la temperatura, la presión atmosférica, la humedad, la velocidad y dirección del viento, la carga nubosa, la lluvia, la brisa. Ahí, en donde conocí el catálogo de posibilidades de ubicación en el universo, mis grados de libertad, así como los mecanismos para trascender los límites aparentes señalados por la física clásica. La aplicación me pide señalar las coordenadas justas del punto de inicio, para darle trámite al transcurso del catálogo de eventos, que la nube informática desplegará en la memoria multidimensional virtual. Eso me trajo a la memoria el recuerdo familiar de mi madre sintonizando la radio y esa rápida sucesión de sonidos extraños de fragmentos musicales, diálogos de novelas, o anuncios publicitarios, hasta que localizaba la estación de su preferencia. Entonces juego a sintonizar desplazando el control y deteniéndolo de pronto al azar:

La dama decimonónica está sentada en una silla de brazo, descansa displicente el codo sobre la tapa abatible de un elegante escritorio-librero inglés, de cedro rojo y su pie derecho reposa encima de un pequeño taburete. Lánguida, a la vez que va leyendo, teje una novela con sus propios pensamientos, mezcla de recuerdos, sensaciones, fantasías y deseos reprimidos.

Yo amo y odio -dijo Susan-. Yo no deseo sino una sola cosa. Mis ojos son hoscos. Los ojos de Jinny brillan con millares de luces. Los ojos de Rhoda son como esas flores pálidas a las cuales se acercan las mariposas al atardecer. Los tuyos son como agua que sube hasta la superficie y nunca se derrama. Pero yo estoy ya lanzada sobre mi pista. Mis ojos ven los insectos en el césped y aun cuando mi madre todavía teje calcetines y cose delantales para mí, a pesar de que soy todavía una niña, sé amar y aborrecer (Virginia Woolf, Las Olas).

Deja de leer por un momento y se frota los ojos mostrando un poco de cansancio. La dama levanta la mirada y tengo la sensación de haber sido descubierto en un acto indiscreto; ella me observa curiosa y no parece sorprendida, lo que entonces me brinda a la vez la licencia de fijar la atención en su rostro y dejando de lado los detalles del vestuario y escenografía de la época, así como del silencio envolvente que permite escuchar hasta el levísimo sonido de la tela, producido por el roce en el movimiento de su cuerpo, advierto algo que me asombra. Sí, tengo la viva impresión de conocerla, me es familiar esa mirada de ojos claros que parecen absorber la imagen que le proyecto, para procesarla en los recónditos rincones de su memoria, y noto que al parecer ella tiene la misma inquietud que a mí me afecta. Le pregunto ¿Te conozco? pero no parece escucharme y un tanto cuanto intrigada, ella se acerca y dice algo, pero yo tampoco escucho, sólo percibo a través del movimiento de sus labios que también parece preguntar ¿Te conozco?

Es importante recalcar que la memoria multidimensional virtual tiene la capacidad de explorar no sólo los recuerdos de las vivencias de un estado tridimensional presente, sino también de las conexiones múltiples que se generan en las profundidades de subconsciente y en el inconsciente, no sólo en ese estado tridimensional, sino también entre las dimensiones cuánticas y en los espacios traslapados.

La luna se perdió tras el horizonte y brotaron los colores en el estallido del alba. Estabas conmigo, lo confirmé, tu cuerpo dormido entre las sedosas sábanas blancas ¿Te merecía? No sé, tal vez jamás nunca lo sabré, pero extendí el brazo para depositar mi mano y acariciar la tersura, la suavidad de tu vientre.  

¿Dónde se encuentra el principio del camino? ¿dónde piensas que termina? Ese es precisamente el punto del inicio: las preguntas. No tengo idea de dónde estoy, ni de a dónde voy, pero parece que tengo un compromiso. Tratar de conocerte implica tratar de conocerme en medio de la bruma de la aurora, que apenas insinúa el parto del día y la radiación de sus colores. Tal vez sea un tramposo si comienzo por las conclusiones, pero tal vez esto sea un leve rasgo de sabiduría. Tal vez el fin justifique los medios y se justifique el afán de este atrevimiento.

No eres parte de mí, eres yo mismo en el devenir del tiempo. El universo tiene alma y el universo y su alma se contemplan mutuamente en el regocijo del equilibrio y en la transmutación de las dimensiones insondables. Eres el mirar y lo mirado, la caricia de los corazones palpitantes de anhelos fortuitos convergentes en un instante eterno. Hoy fue el mismo ayer que por fortuna espero que también será siempre el mañana. Los cuerpos y las almas se traslapan, las gotas del mismo mar en el océano.

Ahora podemos estar presentes ¿o ausentes? en otro mundo y mi nada no ocupa un espacio en el todo. Puedo no existir en tu mundo plausible, edén del que fui desterrado hasta el fin de los tiempos, múltiples y finitos en el conjunto infinito.

Siendo así cambio las coordenadas, pues no me gustan las imágenes desteñidas tras el fondo de la bruma oscura, de la monotonía de los veranos lluviosos. Me largo desnudo en pos del sol refulgente, obstinado en tejer un insólito destino como aprendiz en el manejo de la esperanza. Finalmente, todos los caminos son tortuosos, pero puedo descansar a la vera del camino y soñar que hay otro mundo en el que te encuentre.

El espejo se fragmentó en miles de trocitos luminosos, quiméricos, humeantes, rescoldos que se fueron apagando de a poquito, en el piso silencioso del cuarto oscuro vacío de presencias, lleno de tus ausencias y del eco de todas esas vanas aspiraciones hipotéticas. El polvo del tiempo puede causar alergias, cuídate de aspirarlo, puede ser asfixiante el aroma del fracaso, en el destierro de los años galvanizados de indiferencia.

Viajar por la memoria puede resultar agobiante si se trata de releer las narraciones de las vivencias que, para bien o para mal, te parecen destacadas, aun cuando en ese viaje trates de pasar inadvertido, haciendo como si nunca hubieras estado en esos lugares que recorres, más allá de las fronteras de la sola razón y de los medios disponibles. Es muy posible que al regresar ya jamás puedas volver a ser el mismo y que se hayan desvanecido muchas o todas tus creencias, es posible también que tú sigas siendo exactamente el mismo, pero que sea el entorno que te envuelve el que se haya transformado al punto que te llegue a parecer irreconocible. Eso no se sabe hasta que se sabe.

Sin embargo, prosigue la evolución en cada uno de los sucesos y a pesar de las incomodidades que se puedan tener en el viaje, lo importante es fortalecer una actitud de aceptación, de tal forma que, en un momento, en un tiempo, todo vuelva a ser como lo imaginaste, el pasado y sus desgracias ya no volverán a presentarse en tu futuro. 

«No todos los que deambulan están perdidos«.

J.R.R. Tolkien (1892-1973) Escritor británico.

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