Histomagia

El Santo de madera

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Guanajuato es una ciudad muy religiosa, católicamente religiosa. Hay varios templos que representan el fervor de los creyentes y son, sin lugar a dudas, sostén de las alegrías, penas y tragedias que les suceden en estos lares llenos de espíritus que desde que las iglesias existen aquí ellos conviven con los vivos, entre las imágenes y bultos de diversidad de santos a los que muchos adoran y piden su protección.

La ciudad ha crecido mucho y, al paso del tiempo, las construcciones religiosas han cambiado, otras han sido abandonadas y algunas hasta han desaparecido. Por ejemplo, en Mineral de Cata, existe aún uno de los muros con los arbotantes que sostenían la impresionante iglesia; dicen los que saben de historia que era un hermoso templo, de hecho, alguno de mis conocidos, cuenta que su tío fue a recoger un cristo negro y un grabado en madera del rostro de Cristo, aún lo tiene, ahí en su casa, y es uno de sus bienes más preciados. Me cuenta que muchas personas tomaron imágenes que quedaron abandonadas en ese lugar.

Sin embargo, uno de los pequeños templos que sirvieron en su momento y siguieron la evangelización de los habitantes de Guanajuato, se ubica a tras del Cerro de Sirena, uno de los cerros que predominan en el panorama de la ciudad, es enorme. Ese cerro alberga una mina, y su entrada y salida se ubica atrás de Sirena, ahí, aparte del templo, se encuentra un campo de girasoles y una presa perteneciente a la misma mina. El cerro se caracteriza por tener una cruz en su cima, de ahí que el pueblo lo llame cerro de la Crucita.

Pues bien, en ese templo, suceden cosas. Sí, cosas. Así lo vivió mi amiga Anita cuando, hace años, fue a “cerrear” para conocer y ver a Guanajuato desde la impresionante altura del cerro de la Crucita. Me cuenta que subieron por la cara del cerro y bajaron por atrás del mismo, ahí, recuerda, se ven grietas que los barrenos (dinamita que se utiliza para abrir vetas) han dejado a lo largo de la historia de explotación minera. Dice que bajando desde allá arriba vieron todo el panorama: la presa, el campo de girasoles y ahí juntito la iglesia. Ya cansados, bajaron y fueron de inmediato a ver la entrada de la mina que estaba cerrada y obvio, aunque estuviera abierta, no se hubiera podido entrar a ella, por seguridad. De ahí decidieron ya mejor retirarse y tomar la ruta de Las Palomas, un río que corre hasta Pastita y sale a la Mina de Peñoles, de ahí el acceso a la ciudad, es pan comido, sales directo a Embajadoras, a la civilización. Pero antes… antes de tomar esa ruta, fueron a cortar girasoles, vieron las puertas del templo cerradas, y se abocaron a su tarea de jardinería. Pasaron unos minutos y cuando ya tenían sus respectivos ejemplares florales, voltearon hacia la iglesia y vieron sus puertas abiertas. Ese templo desde hace muchísimo tiempo está abandonado y siempre estaba cerrado, pero ese día, misteriosamente se abrieron de par en par para que mi amiga y sus acompañantes lo visitaran.

Sorprendidos por la invitación del recinto, se vieron unos a otros, era mediodía y no había ninguna razón para pensar que algo malo pasaría, así que entraron con la confianza de que es un lugar santo, que ahí no puede haber seres demoníacos ni descarnados, sólo el amor de Dios presente. Anita fue la primera que dio el paso definitivo, entró, miró a sus lados y vio que atrás de las rejas de las capillitas estaban solamente algunas figuras de santos, polvorientas, incompletas, les faltaban brazos, piernas, cabezas, ropa… sus amigos sólo se quedaron en el quicio del portón tan antiguo como la mina de Sirena, sólo la veían cómo, valiente, ella se entregaba a la fascinación que ese lugar le provocaba. Entró a la nave principal, no había naves laterales, ni tampoco había bancas, sólo el polvo que revoloteaba en el lugar y se transparentaba con el sol una atmósfera etérea, misteriosa… Anita envuelta en su fascinación y con sus girasoles en los brazos, siguió adelante. Donde debería estar el Altar sólo estaba la figura de bulto de un santo, polvorienta, completa, con la cabeza en su lugar, y sus ojos abiertos, amplios como platos. Mi amiga se fue acercando poco a poco, ella es muy devota y quiso ver de cerca de qué santo se trataba, llegó y frente a frente al santo, lo miró a los ojos, se persignó y le preguntó, “¿quién pudo abandonarte aquí?, eres hermoso”. Acto seguido, tocó el rostro de la figura, y dio la vuelta para regresar con sus amigos quienes, absortos, no le quitaban los ojos de encima, mi amiga, sonriente, inició su marcha para regresar con ellos. Absorta en observar todo y cada uno de los detalles del lugar, escuchó un grito de uno de sus amigos, volteó de inmediato y vio sus caras que contenían un grito de horror, y sólo atinaron a señalar con el dedo hacia el altar. Extrañada preguntaba a las señas que qué pasaba, y fue entonces que sintió cómo una mano le tocaba el brazo donde traía los girasoles, aterrada volteó y vio claramente la mano del santo deteniéndola. Horrorizada soltó los girasoles, librándose de esa mano de madera y corrió, a pesar del terror, hacia el portón que comenzó a cerrarse, un chirrido de madera y metal antiguo retumbó en todo el templo, Anita no daba crédito, por más que corría hacia la salida la veía cada vez más lejana…sus amigos estaban petrificados, seguían señalando -ahora ella lo sabía- señalaban a ese santo. Mi amiga comenzó a rezar y a decirle al santo que le dejaba los girasoles como ofrenda, que ya la dejara salir, pero el portón seguía corriendo, poco a poco se cerraba. En un momento de coraje, Anita detuvo su marcha y le gritó al santo que la dejara ir, que su lugar no era ahí, que el lugar era un lugar santo, que él debería proteger no lastimar. Al instante el chirrido calló, el portón detuvo su cierre, Anita de inmediato aprovechó para salir corriendo de ahí, al pisar afuera, abruptamente se cerró el portón del templo, tal como debería haber estado desde hace mucho tiempo. Sus amigos la abrazaron, lloraron y corrieron tanto como sus piernas lo permitían, pasaron por el campo de girasoles, ahora ya secos, muertos, como ese templo que sigue ahí, esperando a que alguien creyente, como mi amiga, llegue y se atreva a entrar cuando el portón se abra, y seas digno de llevarle una ofrenda a ese santo, que Anita ni siquiera recuerda cuál es.  ¿Quieres explorar las iglesias de por aquí?, ven, lee y anda Guanajuato.