El Laberinto

Improbable

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En medio de una charla  animada, procedente de  mi ángulo ciego sentí un manotazo en el hombro, no fuerte, pero sí inesperado y al voltear descubrí varias cosas al mismo tiempo:  el golpe venía de mi amigo y  no era para mí sino para defenderse de… !una abeja! que para su mala suerte, había logrado el kamikaze propósito de implantar su ponzoña en las desprevenidas carnes que encontró más cerca.

Dirán que la cosa ambiental no está tan apocalíptica aún como para que una abeja me parezca rara, pero se torna bastante improbable, ya que nos encontrábamos en  una zona más bien industrial, dentro de un salón de fiestas infantiles, además lleno de suavecitas criaturas corriendo por ahí, en un segundo piso, sin jardines, macetas, frutas o canastas de dulces  típicos mexicanos (las abejas los aman) y sin embargo, ahí descansaba el semi destripado bicho junto a mi vaso de refresco, mientras actuando rápido y con la frente llena de sudor la víctima extraía al puro estilo peliculesco el aguijón con una oportuna navaja.

Y entonces me pongo a pensar en todo lo que tuvo que acumularse para que esto pasara desde el nacimiento de la abeja, su vuelo hasta allí en medio de un espacio inhóspito, la forma en la que pasó inadvertida hasta que ya era muy tarde, y todos los posibles desenlaces que pudo tener, como que la picada fuera yo, que estaba junto o mucho peor, la festejada o alguno de todos esos niños y niñas que corrían por todos lados, también pudo picarle en un lugar menos amable que una mano, como el ojo o el trasero o se pudo tratar de alguien alérgico que de pronto terminara la fiesta en medio de un shock anafiláctico. Lo malo no lo es tanto si te pones a pensar en que pudo ser peor.

Pero todo esto me lleva a otro punto un poco lejos y es que en realidad, la misma reflexión que hice sobre el inusual piquete aplica para cosas que damos por sentadas o a las que no le vemos lo extraordinario.