Ecos de Mi Onda

Encuentros fortuitos

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El mundo es un caleidoscopio. La lógica la pone el hombre. El supremo arte es el del azar.

Miguel de Unamuno (1864-1936) Escritor y filósofo español.

I

Caminaba un tanto cuanto displicente por la calle concurrida, mirando frecuentemente hacia atrás, pues a mi mujer le da por detenerse en cuanto aparador se encuentra, pues parece que todo le llama la atención, desde zapatos, cosméticos, ropa, libros, folletos religiosos, electrodomésticos, bueno, cualquier cosa que se encuentre en el camino es inmediatamente de su consideración y escudriño. De pronto no la vi y supuse que se había metido a alguna  tienda para curiosear, hurgar entre los anaqueles y preguntar precios, así que aminoré el paso y busqué una sombra para evitar la caliente resolana que pegaba fuerte ese mediodía, pero me llamó la atención una papelería que mostraba juegos de plumas de distintos tipos, material de dibujo, reglas, entre otras cosas, que me llamaron la atención y me dispuse a entrar al establecimiento, nomás de fisgón, cuando de pronto sentí la palmada en la espalda y al volver la mirada vi el rostro con una  formidable sonrisa, de un individuo que me saludaba con una excesiva cordialidad, con un auténtico regocijo que le brotaba por los poros y me saludaba y me expresaba el enorme gusto que le daba encontrarme después de tanto tiempo, ¿cuánto tiempo?, me cuestionaba y me incitaba a calcular el tiempo transcurrido desde que nos habíamos encontrado la última vez, ¿cinco o seis años?, preguntaba.

Yo, azorado, no atinaba a contestar, buscando apresuradamente en los rincones de la mente, algún dato que me permitiera relacionar los rasgos que observaba, para hilvanar en el cerebro un proceso desencadenante que me permitiera, al menos una pista de identificación, pero nada surgía y preocupado hacía un análisis de la situación, uno, era realmente algún compañero que había cambiado tanto que era incapaz de reconocerlo; dos, él me estaba confundiendo con otra persona; o tres, en estos tiempos que estamos viviendo, de tanta criminalidad, tal vez era un vivales que en un momento dado trataría de estafarme.

Fingía una sonrisa, pero en realidad estaba a la defensiva y traté de zafarme de la situación caminando unos pasos, pero él me seguía entusiasmado, charlando de cosas del pasado, anécdotas que yo no acababa de recordar plenamente con justeza. Estaba por decirle que tenía mucha prisa, que me había dado mucho gusto saludarlo y que pronto me comunicaría con él para seguir platicando, cuando vi a mi mujer dirigiéndose hacia nosotros caminando con una bolsa de plástico en la mano, con algo que parecía pesado, y me dirigí hacia ella, tanto para ayudarla, como para tratar de disolver la fogosidad del imprevisto y supuesto amigo.

Ella se acercó con una sonrisa, saludando cordialmente al para mi desconocido y no sé por qué razón empezaron a platicar sobre nuestro barrio y animosamente hablaban sobre algunos vecinos, dando santo y seña de domicilios, parientes, parejas, papás, hijos, historias cómico dramáticas y así pasaron como unos treinta minutos en los cuales yo nada más seguía sonriendo, pues si bien recordaba algunos de los hechos y personajes de la charla. Algo había reconocido, él había vivido por el barrio en un tiempo pasado y conocía sobre el vecindario, pero a pesar de eso yo no podía encontrar aún relación con la identificación del individuo, que al parecer mi mujer sí reconoció, algo que me parecía evidente por la fluidez y naturalidad con la que conversaban.

Finalmente llegó el momento de la despedida y al menos no había sido alguien que hubiese tratado de timarme. Intercambiamos número de celulares, me pidió marcarle para anotarlo en sus contactos y al recibir la llamada mencionó mi nombre, realmente sí me conocía, mientras lo registraba. Yo por mi parte fingí saber el suyo cuando hice lo mismo. Quedamos de hablarnos para seguir platicando, pues por el momento él tenía que atender un asunto, si no con gusto, expresó, le habría gustado invitarnos un café para seguir con el fortuito y agradable encuentro. Pues sí, ni modo, traté de parecer compungido, pero ya habrá una mejor ocasión, ya lo verás, le dije consciente de sólo haber utilizado la frase totalmente convencional.

Al separarnos, le pregunté curioso a mi mujer, oye ¿Quién es?, ¿Cómo que quién es?, pues yo que voy a saber, si cuando los encontré quien hablaba muy efusivo con él eras tú, por eso yo también empecé a platicar. No, en realidad él llegó y me dijo que le daba mucho gusto volver a verme, yo nomás lo escuchaba, pero ustedes platicaban como si se conocieran de todo el tiempo del mundo. Bueno, pues él empezó a hablar del vecindario, de gente y de cosas que todo mundo sabe. Ándale, ya no me hagas perder el tiempo porque tengo todavía que llegar y preparar la comida.

II

¿Cuántos años tendrá Heriberto? No sé, tal vez unos treinta y ocho. Nos conocimos desde niños jugando futbol en los llanos. Era medio torpe, pero muy apasionado y loco al patear la pelota hacia cualquier lado, mientras todos le reclamábamos que estuviera más atento y que tratara de controlar el balón y dar un buen pase. Apenas nos completábamos y esa era la razón por la que jugaba en nuestro equipo, pero era un buen cuate, sólo que desde entonces le dio por apartarse por los matorrales del llano, sin alguna aparente razón, que luego supimos, lo hacía para inhalar un solvente al que gradualmente se aficionó y le fue dando mayor preferencia, sobre el gusto de jugar en nuestro equipo de futbol.

Lo perdí de vista por muchos años y supe, por chismes de los amigos, que lo habían corrido de la secundaria, porque lo encontraron fumando mariguana en uno de los excusados y que luego había tenido varios trabajos de los que pronto lo despedían. Al parecer, era indisciplinado, respondón y no realizaba bien las tareas que le encomendaban. Iba por la tarde rumbo a mi casa y me lo encontré en el parque, deambulaba solitario y me acerqué a saludarlo, con gusto sincero de verlo nuevamente, ya tenía conocimiento de que se drogaba fumando piedra, pero de nada de eso quise conversar, sino preguntarle cómo le iba en la vida, a qué se dedicaba, si se había casado. Me contestó muy sonriente que no, que él era libre y que no le gustaban las ataduras de las relaciones amorosas, que vivía con su mamá, acompañándola pues estaba sola, después de que su papá había fallecido por la tomadera, me dijo manteniendo la sonrisa en el marco de un semblante resignado.

Hacía trabajos eventuales que le permitían irla pasando, además de que su mamá trabajaba en algunas casas haciendo la limpieza, lo que al parecer, pude advertir, que realmente era ella quien lo mantenía, incluyendo la pesada carga del costo de sus vicios, que no incluía el gusto por el alcohol pues expresó, al parecer honestamente conmovido, eso le había robado la oportunidad de haber convivido más tiempo con su papá, pero así era la vida, muchas veces cruel, pero a veces a toda madre, afirmó con un talante filosófico y su sonrisilla permanente.

Le pregunté si jugaba futbol de vez en cuando, como cuando éramos niños. No, para nada, ni siquiera le hago al jaibol, mi amigo, respondió con su risita. Lo que me gusta es la música, de todo tipo, pero más el rock, mi cuate, Pink Floyd se me hace el mejor de todos, un amigo me prestó un caset, de aquellos, te acuerdas, de aquellos a los que se les salía la cinta y la volvías a enrollar dándole la vuelta con un lápiz, luego le robé a un cuate, se ruborizó un poco, un cd del Lado Oscuro de la Luna, híjole, qué chido, eso sí es música.

Sabes, se puso muy serio y me expuso, no leo mucho, pero el otro día leí en internet que muchos de los artistas famosos se drogaban para componer sus mejores canciones, Lennon, Mercury, los Stones, casi todos ¿Sí sabías? ¿Sí será cierto?, pues eso dicen, le contesté, probablemente. Pero dime qué piensas. No sé, probablemente drogarse les aumentaba la sensibilidad y se asomaban a otras formas de ver la realidad, no sé realmente. Se quedó callado por unos minutos, como reflexionando sobre algo importante y yo respeté su silencio. Híjole, pues entonces he estado perdiendo el tiempo miserablemente, ¿Por qué?, pregunté. Pues porque yo me asomo seguido a otras formas de ver la realidad, como dices, pero no lo he aprovechado para componer canciones. Sí, pero ¿Sabes tocar guitarra, o algo? No, pero ¿Tú crees que haga falta?

Se despidió rápidamente y por un buen tiempo no supe de él, hasta que después, de nuevo, hace como un mes, lo volví a encontrar otra vez en el mismo parque. Nos saludamos y tras las preguntas de rigor de cómo estás y todo eso, me acordé del encuentro anterior y le pregunté, como en broma, si había logrado componer alguna canción. Pero me respondió con mucha seriedad que sí, que por eso de ver la realidad de otra forma, como los grandes compositores rockeros, había ya compuesto varias canciones, tantas como para grabar un álbum completo, pero que para su mala suerte luego las olvidaba, que realmente le hacía falta una grabadora para registrarlas y volverlas a escuchar al día siguiente y luego presentárselas a alguien influyente en el negocio de la música para que le ayudara a venderlas pues, aseguraba, eran unas canciones bien chingonas.