A donde quiera que volteo veo ajolotes, no tengo nada contra ellos, incluso me representan en aquello de la eterna inmadurez y por esas branquias que amenazan con salirme a punta de aguaceros que no encuentran para donde irse y se convierten en lagunitas ideales para estrenar mis escamas.

Pero lo que más hace que me sienta identificada con este chulo anfibio es la forma en la que somos tratados por el gobierno: en el discurso y la propaganda somos el centro y la imagen conmovedora, pero en la práctica nuestro hábitat está siendo sacrificado a intereses que no nos corresponden. Igualito que con nuestros pueblos originarios, por cierto.
La estética de la ciudad es parte de nuestra identidad y no tiene absolutamente nada que ver con colores chillones y ajolotes de caricatura, lo que le están haciendo es un atentado, peor que el vandalismo espontáneo con letreros de amor, peor que la basura y los orines en tanto que es mucho más permanente, costoso y lo peor de todo, es oficial.
El metro tiene una historia, el diseño tiene una razón de ser, obedece a un discurso y mantiene una coherencia interna, moderna y funcionalista donde nada está de más y lo decorativo es utilitario, con materiales hechos para durar y una iconografía a prueba de idiomas y escolaridades. Fue nuestra cara en las olimpiadas y en los dos mundiales que antecedieron a este bodrio, pero también es el medio de transporte de millones diariamente, el punto de encuentro, el escenario de historias individuales y colectivas que ahora están arruinando en pos de vernos interesantes para las visitas, poniéndole un maquillaje que no queda con nuestro tono de piel, unas curitas que no curan ninguna herida, puras reformas estéticas que no solucionan nada y que como están montadas sobre una base tambaleante tampoco tienen futuro.
Hacer que Universidad parezca un McDonald’s de los nuevos, que son francamente deprimentes, o que Hidalgo tenga candelabros es el ridículo de nuevos ricos, que persiguen una idea equivocada de estilo, no solo los palacios son monumentos y a lo internacional se entra con su propia piel, no como copias baratas y sin sentido.
En fin, esperemos tenga remedio y si no lo tiene que el descontento haga lo propio a través de la apropiación y el cambio de significados. Aquí veremos, por mientras, ajolotes somos y en la laguna andamos.
