El Laberinto

La cancha, fiesta y la protesta

¿Qué está pasando en el mundial en ésta ciudad? Me encuentro con muchos juegos y muchos bandos, todos uniformados, equipados para la ocasión, compartiendo identidad, rompiendo la normalidad y tratando de hacerse, ayudados por el  poder de sus cuerpos, el juego en equipo y  la hidratación correcta, de cada palmo del territorio, ya sea este pasto o asfalto, porque la conquista del espacio es la puerta a la victoria.

Nos vamos primero por los futbolistas, los más obvios de los mencionados, vienen de lejos o cargan con la responsabilidad de estar en casa, tienen la esperanza de ganar en nombre de todos y saben que al volver nada será igual, que este evento lo va a cambiar todo. La mayoría vienen del pueblo, no importa en qué parte del mundo esté ese pueblo y a base de esfuerzo y oportunidad  han logrado este lugar, donde son entretenimiento, estandarte y sobre todo negocio para una federación más corrupta y poderosa que muchos países pequeños y no tan pequeños.

Me gusta el juego, pero no el negocio; entiendo lo que significa para muchas personas, pero no el odio; me encanta como las cachetadas políticas se pueden dar con balonazos, con pancartas y con apoyo y la posibilidad de ver a David venciendo a Goliat, por lo menos en el marcador.

 Después está el aficionado, ese que no cupo en el estadio, al que bajan del metro  a medio camino por los bloqueos pero que se resiste a quedarse fuera de una fiesta que está aconteciendo frente a sus ojos, aquel que sale del trabajo con la playera pirata de la selección debajo del traje de oficina, sin importar lo cansado que llega de la responsabilidad y del tránsito, para explotar, para gritar para ser uno con todos y sentirse orgulloso, para variar, de haber nacido aquí porque somos únicos: surrealistas, desobedientes y alegres.

La fiesta suspende la normalidad, nos presta los lugares por los que normalmente solo pasamos para hacerlos nuestro escenario y nos iguala, aunque sea por un rato, en disfraces, abrazos, tragos compartidos y cantos, también es esa ventana por la que estamos viendo a los otros y por donde nos exhibimos para que nos vean. La fiesta tira al suelo aquello de que tenemos que ser siempre productivos, consume los recursos por mero placer.

Finalmente están las protestas y aunque parecieran la antítesis de los partidos y las fiestas, tienen mucho en común con ellas: tienen identidad pues los une la causa, vienen equipados con pancartas, saben ocupar el espacio fuera de la norma, como los que festejan; buscan la oportunidad y la victoria como los que juegan y vienen del pueblo, como todos. Solo que ellos buscan suspender a largo plazo una normalidad que los oprime y conseguir algo de igualdad que no se termine junto con las cervezas.

Al final los enemigos, como vemos en las fiestas donde los aficionados de equipos contrarios se abrazan compartiendo una misma pasión, no están ni en la cancha, ni en la fiesta ni en la protesta, están llenándose los bolsillos con todo este suceso, lejos de la calle, buscando que esto no se salga de control, de ese que no es rentable, ni productivo, porque a ellos los beneficia la normalidad y la desigualdad.