El Laberinto

Seduciendo

Los gurús del ligue  machosféricos, las empresas de publicidad que suelen contratar los fabricantes de productos de belleza y algunos bocones de oposición tienen, aunque usted no lo crea, similitudes profundas en sus momentos de seducción (sería mejor, tal vez, meterle unas comillas para resaltar que no seducen a nadie: “seducción”).

Pareciera que el  maltrato al objetivo es el camino, ya sea a través de la patanería para que las hipotéticas féminas abstractas (esas que piensan todas igual y responden a los mismos estímulos) se peguen al zapato como los chicles, es decir: pisándolas o que los probables consumidores se sentirán inclinados a la marca si les das una descripción detallada de todas aquellas partes de su físico que les causan inseguridades e incluso, si las inseguridades reales no son lo suficientemente rentables para hacerse millonarios, crear unas nuevas.

Esto no es nada nuevo, utiliza como pinza para sujetarse los roles y  estereotipos, en el primer caso, a la aspiración a encontrar un príncipe salvador, a ser elegida  o a mínimo no estar sola porque eso significa que hay algo malo con ella, no importa que quien lo realice sea un gañan al que le tienes que demostrar todo el tiempo que eres suficiente. En el segundo caso se basan en un molde irreal de ser humano, uno que solo existe con filtros y trabajo constante, estar más preocupado por las pecas o la alopecia o la llantita que por la compañía que le anda robando el agua a la comunidad o el político corrupto que ya vendió hasta a sus nietos.

Y hablando de políticos, acabo de notar, aunque probablemente tiene más tiempo, la terrible tendencia a hacer exactamente lo mismo, insultar a sus posibles votantes, a ese pueblo al que nunca han pertenecido y al que ni siquiera conocen, para convencerlos. Y por desgracia, puede funcionar al igual que funcionan los otros, agarrando estereotipos y aspiraciones, para que ese pueblo no se sienta pobre y que crea que forma parte del otro grupo y que si esos gobiernan todos serán como ellos. El peligro de ser un desclasado, en fin.