Cinco años llevo usándolo casi a diario, es un objeto común sobre mi escritorio, la mesa del comedor, la alacena o mi buró: Personalmente lo lavo y cuando no está en uso, lo cual es raro, lo miro almacenado entre los demás vasos y tazas.

Es blanco y tiene al centro una enorme calavera de azúcar adornada con flores; yo no lo compré y nunca lo vi en su empaque original, fue un regalo y me encanta, pero la semana pasada, mientras lo lavaba, aparecieron nuevas flores en su diseño y entonces caí en cuenta: nunca lo había utilizado para su propósito original, que era contener café caliente y en cambio lo había estado llenando con agua a temperatura ambiente y lavándolo con agua fría o sin fijarme: disociando, como acostumbro al lavar trastes, para hacer la tarea menos tortuosa (lavar trastes es el equivalente moderno del mito de Sísifo).
Me quedé pensando en muchas cosas: primero que el sabor del café en recipientes plásticos no me gusta y que quemarme las manos por su falta de asa es de aquellas cosas que no disfruto, similar a la acción de lavar trastes o de hacerlo sin guantes. Pero no haría un laberinto sobre mis gustos en la bebida de adulto agobiado por excelencia, no se de mezclas, no se de granos, no se de tostado y molienda, simplemente me gusta el café soluble con una cantidad de azúcar que haría cualquiera levantar una ceja con desaprobación, si lo compro en un triciclo de carga, lo prefiero con leche y en ocasiones especiales le pongo un piquete que compite de cerca con la cantidad de azúcar. Pero me ando desviando miserablemente, volvamos al vaso de calaveras. Me deja la lección de que no importa el tiempo o la cercanía, podemos simplemente no conocer lo que nos rodea o a los que nos rodean si nunca cambian las circunstancias o si le estamos dando un uso inapropiado, faltó un cambio de temperatura y un poco más de atención para saber algo nuevo sobre un objeto al que daba por hecho y en este caso, fue una sorpresa grata, pero también podría no serla. Ahora tengo un vaso nuevo- viejo, una pequeña crisis de realidad y la misión de estar más atenta, no solo al lavar los trastes.
