Lo maravilloso del antiguo, y para nada conveniente, hábito de sobre pensar se encuentra en la oportunidad de terminar teniendo revelaciones peculiares en la solución de problemas banales, en este caso le tocó al menú del festejo patrio.

Hace unos días, cuando estábamos pensando de qué manera meterle dígitos a mí, ya de por sí, colesterol alto, le dije a mi madre algo que ahora me pesa más que una indigestión: “no hay que hacer pozole este año, siempre es demasiado y no quiero estar repitiendo platillo hasta el domingo”. Como resultado tengo el refrigerador recargado de frijolitos, chicharrón a la mexicana, cecina y papas con chorizo mientras atravieso por un poderoso y doloroso apetito coronado por un intenso antojo de pozole.
Comencé por recurrir a la comunidad, tal vez para otra familia el pozole ya fue demasiado y está dispuesta a llevar a cabo un trueque. No fue posible. Igualmente me rehúso a salir a esta ciudad cruda y apestosa a pólvora, llena de zombis con bigotes y sombreros patrios, mexicanos disfrazados de mexicanos arrastrándose para curarse de los excesos. Recurro al camino fácil, las aplicaciones de comida, el mundo al alcance de mis dedos, en mi primera opción, la vieja confiable, el platillo está agotado, hasta para ser una glotona soy un borreguito, las otras están exorbitantemente caras o de dudosa calidad. Y de nuevo estoy buscando un problema para cada solución, un “pero” a cada “y si” mientras mis tripitas rugen, ¡gritan! y las acallo con cerveza.
Por fin sale algo decente, no tan caro y disponible, accedo, que yo siempre consigo lo que quiero y de último momento me meto una nueva zancadilla, una bofetada a mi ego y mi niña interna caprichosa y antojadiza, pues lo pedí para entrega lenta y aún falta una hora para que llegue.
Así que he decidido seguir un consejo, llenar el tiempo entre mi deseo y su consumación aporreando mi teclado y quejándome con cada posible persona que ose leer esto para decirles que justo así funcionamos muchos: fanfarroneamos y luego deseamos justo aquello que no podemos tener y ninguna otra cosa más y nos morimos de sed en una barra libre por que no está nuestro tipo de cerveza preferido, insistimos en solo ver lo único que no tenemos, en ponerle peros a todo, mientras tampoco estamos dispuesto a grandes sacrificios por que “no es para tanto”, ni a hacer concesiones “porque no es lo mismo”, ni a asumir riesgos, pero sufriendo profundamente por aquello que no tenemos, más si todos lo tienen y hasta se dan el lujo de desdeñarlo. Hace muchos renglones que no estoy hablando de pozole, que ahora que lo pienso es una belleza poética celebrar nuestra independencia con un guisado que llevaba, en sus buenos tiempos, la carne de los enemigos como ingrediente principal. Tal vez no tengo hambre de pozole y sólo traigo sed de venganza, aderezada con orégano y limón, lo sabremos cuando llegue el repartidor.
