Tres brevísimos apuntes sobre tres asuntos puntuales

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Inocencia

¿Quién puede descorrer el velo de inocencia de sus ojos y hacerse cargo entonces de su responsabilidad? Solamente aquel que mira lo que es en su vida y permanece quieto, sin intentar justificarse ni buscar argumentos. Se mira lo que se ha hecho, con una mirada amplia, que va más allá de lo nuestro y alcanza lo de otros, que puede ser uno(a) o puede ser varios: la persona percibe cómo la miran las otras personas, a consecuencia de lo que ha emprendido hacia ellas, en un sentido o en otro, y entonces se da cuenta de que su hacer (y puede tratarse también de un pensamiento, una frase, una palabra) al realizarse fue hacia ámbitos no previstos, desencadenó hechos no anticipados, trajo consigo efectos aun indeseados. Era más, mucho más de lo que se puso en marcha. Quizá en ese momento, la persona observa que había confiado en el brío de su anhelo, en la exactitud de su intención, pero había dejado de lado al mismo tiempo la incontrolada multiplicidad de la vida misma, que en un mismo acto enlaza innumerables hechos, personas, asuntos, como si fuera una trama fascinante de la cual solo concentró su mirada en un hilo determinado, atraído por su color o su textura o su apariencia. Pero fue ella quien lo puso en marcha. Por ende su responsabilidad se mantiene, y exigirá de ella una respuesta, una compensación, un sacrificio. Y la inocencia, puesta en este trance, no sabe responder, hasta es un obstáculo.

Compromisos interiores

De un modo que la razón no consigue percibir, interiormente las personas establecen compromisos, bien sea con otros miembros de su familia, bien sea con determinados hechos o circunstancias, bien sea con ellas mismas. Y así como la razón puede mantenernos atentos al cumplimiento de lo pactado y llevarnos a dejar a un lado la tarea cuando se ha cumplido el propósito, en el interior no parece ocurrir lo mismo. Allá adentro, que es igual a decir “allá en el instante y sitio donde se vivió la experiencia”, lo que se ofrece, el compromiso formulado, suele instalarse de una vez para siempre, como respuesta clara para solucionar algo o para evitar que suceda de nuevo esto o aquello. Ese compromiso suele colocarse en una zona de poca visibilidad, desde donde ejerce su influencia, y lleva a la toma de decisiones, por ejemplo nunca separarse de su pareja (y se prefiere no contraer compromisos conyugales), no tratar mal a otros a resultas de una posición económica desahogada (y se opta por mantenerse pobres), “salirse” de la casa familiar a temprana edad (aunque se vaya a buscar una familia “buena” con la cual estar, en otro lado).

Abundancia

La abundancia no sabe qué hacer con quien no la mira. Sirve para que se haga algo con ella, pero por sí sola no puede levantar a nadie, no consigue sacar a ninguna persona de su embrollo. Es decir, necesita atención, ser mirada, ubicada en un determinado sitio y con respecto a propósitos concretos. La abundancia, que tiene mil y un rostros, y un sinfín de posibilidades, está lista para servir, sobre todo a la vida, pero requiere que se habilite un espacio desde el cual pueda realizar su movimiento. Según parece, la abundancia no está disponible para quien aún tiene asuntos que arreglar en su corazón; ronda y ronda, realiza acercamientos y distanciamientos, sin conseguir quedarse, sin hacer nada. Requiere una mirada limpia de resguardos, un corazón orientado a incrementar la vida, determinado a sobrellevar la culpa que se deriva de ser diferente y desde la diferencia hace lo necesario. Así, aunque se le anhela abiertamente, en realidad no está para todos ni todos pueden tomarla en cualquier momento. También necesita acciones continuadas, un poco de tiempo y mucha lealtad.