El Laberinto

El amor en tiempos de la peste

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PRESIONLa peste siempre se transmite, así se trate del más inofensivo brote de piojos en una primaria o de una amenaza de pandemia letal, aunque nunca lleguemos a enfermarnos o a ver a alguien afectado con nuestros propios ojos, pues sus dos primeros síntomas son la desconfianza y la disciplina.

Como ejemplo y por ser lo más cercano que todos nosotros hemos estado de una epidemia hasta ahora, pensemos en la influenza porcina que aquejó al país hace algunos años, donde como primera medida se controló el acceso a los lugares públicos con cercos sanitarios que nos proporcionaban gel anti bacterial a la vez que éramos examinados visualmente, aun recuerdo esos días en que estornudar podía desatar el pánico de una multitud, donde todo acabó cerrado desde  las escuelas,  hasta oficinas y restaurantes, la clausura llegó hasta  nosotros mismos al recelar del contacto humano, pero lo que más recuerdo de esa primavera de excepción fue el hecho de que no hubo marcha del Día del Trabajo.

Y es que este dato, aunque pueda parecer irrelevante, no lo es pues la disciplina que se impone desde las autoridades para protegernos ante “la amenaza” sin importar que esta sea la enfermedad, el terrorismo o el narco,  es un camino directo al gobierno absoluto sin tener que hacer un solo disparo o sustentar ninguna ideología, el miedo es una de las formas en las que las personas renuncian a su privacidad, a su libertad de acción y a toda posibilidad de reunión o solidaridad.

Esta modalidad de poder absoluto ya la vislumbraba Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar (1975) donde incluso nombra como “un sueño político” a la peste, ya sea real o imaginaria, pues bajo el “riesgo de contagio” permite separar el espacio y a los individuos (y aquí cabe incluir a las naciones) entre los “peligrosos” y los “bien encauzados y repartidos”, además vigilar los movimientos de todos e imponer normas que apelan por el bien común.

La peste, nos advierte el autor francés, es la forma ideal del ejercicio del poder disciplinario perfecto y ésta, tomando en cuenta cómo está el mundo en estos días, es una oportunidad que seguro los gobiernos no dejarán pasar

Pero antes de que entremos en depresión, existe una visión más dulce del miedo a la muerte que nos traen las epidemias y nos la brinda Gabriel García Márquez en El amor en los tiempos del cólera (1985) donde este temor se vuelve amor a la vida, si morir no es algo deseable es porque existen cosas y personas que hacen que valga la pena luchar contra las reglas y la enfermedad y aquí tenemos la cura ante los primeros síntomas de la peste, solo nos queda cuidarnos de  los clínicos.