Reanudar el flujo del amor

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Una de las frases más socorridas en nuestro tiempo, en la que suelen cifrarse no pocas esperanzas de mejoría, tiene que ver con romper con lo dañino, con lo pasado, con ciertos hábitos. La atención está centrada, como se sabe, en la ruptura, en cortar, que de solo mencionarla tiene ya una significación violenta. Hacerlo implica escindir, separar, desmembrar, quistar algo que pertenece.

A lo mejor esta idea está relacionada con el método de Alejandro Magno, a quien ciertos sabios, en alguna de sus incursiones al Oriente, sometieron a prueba. Debía deshacer un nudo hecho con conocimiento especial, el cual requería de igual modo un conocimiento especial. Alejandro Magno, al parecer, lo único que hizo fue empuñar su espada y de un tajo cortar el dichoso nudo deshaciéndolo. Así se cortó también toda posibilidad de entendimiento, el guerrero hizo una demostración fehaciente del tipo de poder a que se acogía, y por supuesto el conocimiento fue hecho a un lado.

Eso precisamente ocurre con la intención de cortar, de romper con el pretérito, e inclusive con la inclinación muy fuerte en nuestros días relativa al perdón: en todos los casos hay separación, formación de bloques, en uno de los cuales está lo bueno mientras se reserva lo malo para el otro. Esa es precisamente la dificultad de esta manera de hacer las cosas: que se pierde la oportunidad, por cierto ya ganada, de enriquecimiento, de agrandamiento de las posibilidades, de vivencia de lo abundante. A cambio se gana exclusión, separación, menoscabamiento de la dignidad de uno y de otros, tristeza y soledad.

De ahí que no deje de enfatizarse en el caso de las constelaciones en la necesidad de reanudar el flujo del amor, como si se tratara de deshacer la torcedura de la manguera por obra de la cual el agua ya no sale por la embocadura sino escasamente. Este es el cometido: volver a tener el chorro de agua completo, generoso, con su fuerza natural, sin impedimentos. Para ello lo que hace falta es mirar las cosas como son, reconocer lo que es, asentir a la realidad de la cosas como están, y dentro de ese panorama asumir la responsabilidad que corresponde, decir que sí al lugar que debe ocuparse, honrar y respetar la grandeza de los hechos y enfocar el esfuerzo en lo que sigue. Se enlista fácil, pero cuesta un mundo de trabajo, en la manera que vivimos, hacerse cargo de lo que uno aportó a la situación difícil, adversa o compleja, y más aún lo es darse cuenta de que con asuntos tan graves como los vividos uno ha ganado mucho más de lo que supone: fuerza, coraje, decisión, experiencia, posibilidades de sobrevivir, habilidades y destrezas.

¿Qué se hace con todo este patrimonio cuando uno lo corta, cuando uno rompe con la situación que lo generó? La respuesta no es difícil: queda uno desautorizado para emplearlo. Y es entonces que sobreviene el empobrecimiento, pues no puede construirse sobre un terreno que no debe tocarse. Y la vida en marcha no es como la razón: lo vivo avanza, recorre terreno, genera opciones, necesita soportes, y no piensa si es legítimo o no tal recurso. El pensamiento, en cambio, sí es restrictivo, sí impide mirar a personas, a hechos o a situaciones, la razón sí niega el uso de recursos, sí es capaz de instalarse en una inercia poco útil y hacer que uno suponga una buena cosa.

Por esa razón es que trabajamos, en lugar de con la razón, con la víscera que hay en mitad del pecho, sitio especial donde se reúnen las mejores cualidades del ser humano, sea hombre o mujer; órgano vital que no admite las exclusiones ni los cortes, que privilegia la inclusión de todos los que deben estar, que goza con el enriquecimiento y con la abundancia, que se caracteriza por mirar lo esencial sin hacerse preguntas de ninguna especie: como participa de lo más grande, eso mismo promueve, y lo más grande es la vida con todas sus oportunidades.

En consecuencia, como una persona lo que requiere es sentirse viva y útil, la amplitud de miras le viene bien, el abrazo a todo cuanto existe tal como existe le fortalece, el reconocimiento de la pequeñez de uno sobre el mundo lo sitúa en un lugar más adecuado para desplegar el uso de todas las facultades. La clave radica en reanudar, en volver a instaurar el flujo de amor. Lo contrario ya implica un trabajo adicional. Después de todo, a las personas y al mundo lo que prefieren, aunque esto no sea evidente, es procurar la vida, la grandiosidad del mundo, lo que anhelan es construirla y participar de ella. Y el reanudamiento del amor sirve exactamente para eso. Así queda a la vista la importancia de no cortar el nudo con la espada.