Formas de mirar el éxito

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En las últimas fechas tuve oportunidad, durante varios trabajos con grupos muy diversos, de intentar una aproximación inmediata y sin mayor pretensión a lo que es el éxito. Se trata, para decirlo de inmediato, de un anhelo bastante reiterado por aquí y por allá, de un objetivo tantas veces propuesto, de una condición a veces destinada sólo para unos cuantos y negada para otros tantos. ¿Pero qué es en realidad el éxito, cómo lo miran en general las personas, a pesar de presentarse tan atractivo?

Uno de los aspectos más relevantes de esta indagación está relacionado con las palabras a las que se asocia el éxito. Con una frecuencia muy elevada se asociaron al éxito términos como “plenitud”, “paz”, “balance”, “tranquilidad” y “equilibrio”. Reveladores nada más de enunciarlas, esos términos refieren más bien el resultado que las personas pueden percibir en sí mismas si el éxito llegase a sobrevenir en su vida, pero no se refieren específicamente a lo que éste significa. Es decir, podríamos arriesgarnos a señalar que al éxito lo conocemos solo por sus efectos en nuestra propia sensibilidad, y quizá no tanto por sus características naturales.

O lo que es lo mismo, si se nos presentara entre varias otras opciones, lo más probable es que no sabríamos identificar al éxito. Resulta curioso llegar a este punto porque la mayoría de las personas nos afanamos en alcanzar el éxito, en ser exitosas. Es obvio que resulta comprensible por qué no conseguimos alcanzarlo: porque lo miramos como algo sedente, en lugar de percibirlo dinámico, si bien en otro nivel.

De regreso a los términos asociados, a partir de los efectos en lo sensible personal, podemos arriesgar una interpretación (y es sólo eso): que al éxito lo miramos como un anhelo cuya consecución requiere esfuerzos continuados, una consagración casi total, un enfoque preciso, y acciones muy bien orientadas. Como un movimiento dinámico regularmente acelerado que tiende a más, que nos llevará a trasponer la cuesta y alcanzar una cima. Esto al parecer es claro para la mayoría de nosotros.

Lo interesante es que, según parece, no sabemos qué se hace cuando se alcanza la cima. Como si allá arriba las condiciones fueran tales que nos permiten experimentar una calma como nunca, una paz que nada perturba; como si allá estuviese la posibilidad de vivir en el equilibrio, porque después de todo ya conseguimos superar la adversidad y estamos instalados en el éxito. Pero no es así, en realidad.

Si se mira con cuidado, el ejército victorioso, después del triunfo, tiene que hacerse cargo de la tierra conquistada, del gobierno de los sometidos, de la recuperación del propio ejército, del recuento de los daños, del impacto de lo diferente en lo propio. Por otro lado, ¿quién que llega a la cumbre de Everest, el máximo éxito en el alpinismo, puede quedarse ya en paz, equilibrado, en balance? Muy por el contrario, tiene que mantener la atención bien enfocada, sortear la adversidad de los elementos, y descender con tanto cuidado como el que requirió el ascenso. Lo mismo sucede con aquel que logra hacerse de un lugar en el mercado: necesita mantener el enfoque, emprender nuevas acciones, pues al final de cuentas el éxito lo que hace es abrirle el paso a algo nuevo que antes no estaba, de tal suerte que se requiere entonces de respuestas nuevas, de formas nuevas de administrar lo abundante, de estrategias para organizar lo que ahora ha crecido o se ha modificado.

Es cierto que íntimamente se vive una plenitud insospechada, una paz que no se tiene de otra forma, una sensación de que todo está quizás en su lugar, pero es temporal, es como una estación de paso solamente, a partir de la cual se emprende la ruta hacia el objetivo que sigue, incluso la calma completa. Es inimaginable la sensación del soldado dispuesto a lanzarse en pos de otra conquista, del alpinista mirando otra cumbre, del empresario con la mirada puesta en un nuevo negocio. Es decir, que el éxito en sí no es una condición apacible, sino la oportunidad de construir algo nuevo desde otra situación, es la consumación de una experiencia que llevará en otro nivel a generar más experiencia y a hacer más y mejores cosas por la vida, dentro del mundo, en el terreno mismo de los hechos.

En este sentido, conviene recordar que la perfección es inmutable, entera y que no necesita nada. Frente a ella, nosotros, las personas, imperfectas de origen, permanecemos en adaptación constante, nos sentimos incompletas y lanzadas a la búsqueda de lo que nos completa, necesitadas de mucho de lo que hay en el mundo y en el vivir, impulsadas a su consecución. Esa es la característica de lo imperfecto: su afán de alcanzar la perfección. ¿Sucederá lo mismo con el éxito? Es indispensable como un estímulo para lo que sigue, pero no podemos quedarnos para siempre en él, permanece como un estímulo para lo que sigue y no deja de requerir esfuerzos, estrategias, acciones, aun si queremos permanecer sin hacer nada.