Afinidades de las personas dentro de un grupo

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Un asunto por demás interesante, relacionado con la vida de las organizaciones, de los grupos situados más allá de la familia, es el de las afinidades. A diferencia de la familia, donde los miembros comparten un destino aun si no lo quieren y donde la vinculación dura para siempre, en los grupos de otra índole la persona tiene la facultad de decidir hasta qué grado se involucra con la organización y qué tanto prolonga en el tiempo su vinculación con ella. Obviamente, a un determinado costo, que se concreta en términos tan frecuentes como deslealtad, falta de compromiso, inestabilidad, desinterés, y otros.

Lo más importante de todo esto es que uno viene a ser temporal dentro de una organización, y que uno puede regular hasta cierto punto el nivel de intercambio que desea establecer. No obstante, hay en el fondo de esa situación relaciones más profundas, un tipo de acuerdos implícitos no siempre visibles para la persona, que determinan su pertenencia, aunque en la superficie uno establezca un acuerdo laboral y haya de por medio pagos de honorarios, y crea tener una relación depurada y franca, muy de ojos abiertos.

La experiencia con algunos grupos muestra que se traban entre los miembros relaciones no conscientes, basadas en experiencias de vida coincidentes o complementarias, gracias a las cuales existe una afinidad entre ellos, entre la persona y la empresa, por obra de la cual, en ocasiones, no resulta fácil romper los lazos e irse. Eso explica que algunos trabajadores o funcionarios, incluso enojados o sintiéndose en desventaja o maltratados, no consigan salir de alguna organización, ni tampoco el grupo pueda echarlos fuera así como así. Es decir, la vida de las organizaciones, de las empresas, va más allá de sus objetivos declarados y abarca una especie de hacerse cargo de las personas mismas. Por esa misma razón, algunas organizaciones o empresas no consiguen en veces contar con empleados permanentes o comprometidos: es que los anteriores no han acabado de irse y no hay lugar para los nuevos.

De esta manera, la organización, las agrupaciones, las empresas, comportan una vida, un dinamismo vital autónomo que requiere ser mirado, y que además reclaman un cierto tipo de respeto y unas consideraciones que normalmente no se hacen presentes.

De regreso a la afinidad, puede señalarse que ésta comienza a operar desde el momento mismo de creación del grupo, de la empresa. ¿Con qué finalidades se crea, cuál es el motivo real que impulsa su creación? Antes que los objetivos empresariales, que la misión o la visión, y demás parafernalia conceptual, hace falta mirar la causa genuina de origen de ese grupo.

Una empresa creada para resolver necesidades familiares urgentes cuenta a la fecha con un equipo de trabajadores que en su mayor porcentaje tienen situaciones de vida donde la necesidad familiar es nota común, asunto que requiere ser atendido. Otra empresa, dedicada a la transportación, cuenta con trabajadores que tienen en su historia al viaje como punto clave de su existencia; por ejemplo, los abuelos de uno de ellos se conocieron en un barco que los llevaba a otra tierra y de allí surgió su familia; en otro, papá o mamá debía viajar para conseguir el sustento.

Para abundar en este asunto, cabe también hablar de lo individual, pues las personas eligen muchas de las veces su profesión u oficio con esta misma fuerza. A manera de ejemplo, recuerdo a un joven cuyo abuelo era nativo de otro país, y vino a casarse con una mexicana, así que este muchacho está estudiando diplomacia, mientras otro en una situación parecida se dedica a los asuntos de la comunicación y aun otra está en el área del comercio internacional.

Esos casos nos permiten mirar, así sea de pasada, lo que solemos denominar vocación, que no busca sino un ámbito donde sea posible servir y desplegar todos los talentos con una fuerza interior inmensa.

Así se cierra de alguna manera el círculo virtuoso: una empresa y un empleado afines producirán resultados buenos, más allá de los éxitos económicos y de prestigio: traerán consigo la plenitud y la satisfacción íntima de cumplir con el cometido esencial.

Pero también hay ejemplos contrarios, casos en los que la adversidad se vive también como logro, pues existen personas en cuya historia el conflicto es la manera cotidiana de vivir, y a ello se avocan también con un denuedo que ni siquiera imaginamos en una empresa o agrupación creada justamente para admitir ese modo de hacer las cosas.

Lo único que me queda por señalar es que, así sea escuetamente, quizá ahora se tiene ocasión de mirar dónde se encuentra uno, en términos laborales, con quiénes comparte esta parte del destino, y hacia qué sitio se dirige en términos individuales.