Significado de la vida escolar

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El inicio de la vida escolar para un niño es interesante porque tiene lugar un suceso de vastas repercusiones y muchas personas involucradas. Lo de las vastas repercusiones se refiere a que se pone en marcha un procedimiento mediante el cual los adultos de una sociedad convierten a sus hijos, paulatinamente, a los valores asumidos como propios de un modo de convivir, de una forma de reconocer el mundo y sus peripecias. Es el momento en que entra en práctica, de modo más evidente, aquel dicho árabe que reza: los hombres nacen esencialmente iguales y son sus padres quienes hacen de ellos ingenieros, mexicanos, católicos, analfabetas, y demás diferenciaciones.

Los adultos, como corresponde a su condición de mayores, someten a los miembros más pequeños al aprendizaje de una identidad, a la asimilación de los patrones inherentes al lugar que se ocupa en el mundo. Y lo hacen con conocimiento de causa; pues casi todos coinciden en respaldar con sus actos la importancia de asistir a la escuela, como si supieran que los hijos aprenden así a jugar el juego que ya jugamos en la convención social. Es un rito de iniciación social, entonces, del cual depende la permanencia de la sociedad como la conocemos, con todas sus diferencias, similitudes, rarezas, precariedades, vicios y costumbres, en un acto deliberado de transmisión de los adultos a los pequeños, de los padres a los hijos por intermedio de los maestros.

Y aquí está el suceso de las muchas personas involucradas. Mirado con más detalle salta a la vista que los padres delegan en los docentes, mejor dicho: asienten en delegar a otros parte de la responsabilidad y del deber de moldear a las generaciones más jóvenes, en el entendido de que se trata de expertos en ese quehacer. Como valor entendido, queda clara la existencia de especialistas en conformar las nacientes personalidades, quienes además disponen del tiempo laboral para cumplir ese cometido, mientras los padres de esos niños se dedican a buscar el sustento, o el medio para mejorarlo. Como se ve, el vértice que une a ambos adultos es el hijo-alumno.

Ahora bien, pasos adelante, quizá nos encontremos con otro hecho relevante: ¿en qué ambiente escolar inserto a mi hijo? Con quien represente o defienda o promueva los valores asumidos como propios de un modo de convivir, de una forma de reconocer el mundo y sus peripecias, como propios de una cosmovisión que se considera válida y efectiva. Por eso, precisamente, están nuestros hijos en las escuelas a las que asisten. O acaso, como dijo el ignorante al intentar vender por cierta cantidad de monedas una alfombra de elevado precio, repito, ¿o acaso hay un número mayor que cien? Lo cual significa que no podemos ver más allá de lo que conocemos, y que este conocer está condicionado por nuestra historia familiar, por las lealtades invisibles de la parentela entre la cual nacimos, por la fidelidad a un proyecto de vida inoculado incluso desde antes de nuestro nacimiento.

Para esto, efectivamente, hace falta una legión de adultos, reunidos en instituciones rectoras, autorizadas para legitimar las diferencias, para autorizar determinadas posibilidades, para establecer un ritmo más o menos controlado de conservación y de cambio. Y nosotros como padres de familia, como adultos de la sociedad, asentimos en que ocurran así las cosas, pues ¿de qué otra forma podría ocurrir?

Mirando las cosas como son, en realidad uno sólo puede ver lo que conoce, lo desconocido es impensable. Entonces el rito de iniciación social adquiere otra dimensión: afecta lo individual llevando a los iniciados a asemejarse en su destino lo más posible a sus progenitores, a sus adultos regentes, con la debida dosis de transformación que logra alzar la cabeza en cada persona. Vistas así las cosas: ¿hay alguna posibilidad de establecer otro modo de educar a los pequeños y de conservar nuestra sociedad, sin verse afectado por la culpa o por el aislamiento o por la aprehensión angustiada?

Es muy posible que sí, pero requiere mirar las cosas desde otro sitio, tal vez ni siquiera mirarlas: sino percibirlas tal como están y dejarse conducir por ellas. Mirar amorosa y respetuosamente a nuestros padres, y a cada adulto con sus respectivos padres y ancestros. Y pedirles, a esos ancestros, con las palabras que emplearía una madre por su hijo, la oportunidad de seguir otro rumbo sin perder la pertenencia ni encarnar la traición. Mirar con los ojos abiertos a la vida como es, y humildemente agachar la cabeza. Tal vez entonces nos dé un nuevo chance.